Desde niño, ya era emérito

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Gregorio Calderón Hernández, director de Investigaciones y Posgrados de la Universidad de Manizales, es uno de los investigadores más referenciados en Colombia. A pesar de que nunca imaginó que sería tan grande en el mundo de la academia, su familia siempre le inculcó la importancia de estudiar.

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En vista de que sentía amor por el conocimiento, se interesó desde niño por lo que pasaba a su alrededor: los pájaros y el olor de algunas flores, de las que no recuerda su nombre; ¡era un chico imparable! Y a pesar de que deseaba aprender sobre química, la vida lo enrutó por el campo de la administración de empresas.

Así es como Gregorio Calderón Hernández, narra algunos momentos de su juventud, instantes que recuerda como si hubiesen transcurrido algunas horas, aunque en realidad han pasado más de 35 años.        

Nacido en Florencia (Caquetá), en una vereda llamada Caldas, creció en medio del aire puro, cuyo paso mecía todo tipo de plantas y árboles frondosos que hacían parte del paisaje montañoso en el que vivió, momentos que denominó una infancia campesina, y que le permitieron explorar y fortalecer su espíritu aventurero, pero principalmente, comprender los grandes esfuerzos que deben hacer las familias colombianas para sobrevivir en el sector rural.

Por esta razón, su madre María Dolores, apoyó incondicionalmente a Gregorio para que por su mente no pasara la idea de no estudiar. “Usted tiene dos opciones: dedicarse al campo y pedir trabajo en algunas fincas lecheras, o estudiar y aspirar a tener una mejor calidad de vida”, le expresaba su madre.  

Sin embargo, en el fondo, María Dolores sabía que Gregorio no podía optar por la primera alternativa, pues era un chico de mente brillante, y esa inteligencia no se podía desperdiciar. Así las cosas, cuando el niño terminó quinto de primaria en la Vereda, su familia se desplazó al casco urbano para que él culminara sus estudios de bachillerato. Vendieron su casa y salieron en busca de nuevos horizontes, pues tenían claro que harían hasta lo imposible para que su hijo se preparara. 

Por razones del destino, al terminar su bachillerato, tiempo en el que debía prestar servicio militar, no salió escogido para ello, y la vida le dio la oportunidad de prepararse como tecnólogo en estadística en la Universidad de Antioquia: “cuando terminé el bachillerato, tuve que presentarme al ejército, pero la noticia fue que me había salvado de pagar servicio. Y de regreso a casa, me encontré con un conocido que me dijo que necesitaban a un bachiller para trabajar con estadística. Me entrevistaron, fui aceptado, y la empresa me envió a estudiar la tecnología”, indicó Calderón Hernández.

Con el pasar del tiempo, se desplazó a Manizales y su formación en estadística le permitió laborar en el entonces Hospital Universitarios de Caldas; mientras trabajaba, estudió administración de empresas en la Universidad Nacional, una de las pocas posibilidades que había en la Ciudad de profesionalizarse en las noches. A pesar del esfuerzo que implicaba estudiar y trabajar, su buen desempeño estudiantil le fue abriendo puertas en el mundo de la academia y logró ser nombrado como profesor en  esta misma institución. 

Se casó a los 26 años, tiempo en el que ha disfrutado de sus hijos; y como la familia no se pierde, todos ya son profesionales: Carolina, psicóloga y empresaria; Sebastián, doctor en física;  David, psicólogo y estudiante de inglés en Australia; y Santiago, publicista.  Su hijo menor, se marchó a los 14 años para vivir independiente. 

Con su corazón conquistado por los libros, realizó una maestría en administración (1986-1993) y una en desarrollo educativo y social (1990-1994); finalmente, se formó como doctor en administración y dirección de empresas en España (2000-2009). En cuanto a sus reconocimientos, cursos de corta duración y otros trabajos, la lista podría resultar interminable. 

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"Jamás he olvidado algunos recuerdos de niño, como el olor de ciertas flores, cuyo aroma se parecía a la ternura!"  


 

 

Su reconocida trayectoria como investigador, le han posibilitado alcanzar la máxima categoría que Colciencias tiene para los científicos, denominada: Investigador Emérito; es tan alta dicha clasificación, que solo 124 personas hacen parte de ella en todo el País, teniendo que reunir requisitos como: 65 años de edad, poseer un doctorado o su equivalente que son 15 productos académicos de gran nivel; contar con producciones de artículos, libros, capítulos de libros, entre otros; haber dirigido tesis doctorales y de maestría y llevar gran parte de la vida vinculado al mundo académico.

Vale la pena resaltar, que la noticia lo tomó por sorpresa, pues pensó que para ser emérito, primero debía postularse, pero no; la misma entidad se encargó de rastrear su proceso, y otorgarle el reconocimiento sin preguntarle.

Como todo ser humano, hay situaciones que no tolera, a pesar de tener una alta capacidad de compresión hacia el otro. “No soporto la mala fe, la falta de transparencia, de honestidad. Eso ha sido muy difícil de aceptar, y creo que ningún ser humano lo aceptaría”, indicó. En cuanto a sus deleites, le gusta disfrutar del momento, el aquí y el ahora; si se toma un café, centra su atención en ello, al igual que si conversa con alguien o si se encuentra trabajando.  

Para finalizar, el investigador respondió a una pregunta que no se podía pasarse por alto tratándose de un experto en investigación: ¿cuál es la cualidad infaltable que debe portar todo buen investigador?; a lo que respondió con certeza: “que desee indagar por la verdad y que jamás pierda su capacidad de asombro; que conserve esa incertidumbre que maneja un niño, y que sienta un fuerte deseo por encontrar respuestas a preguntas que se ha hecho durante toda su vida”.

A pesar de todo su recorrido por universidades y ciudades, nunca ha olvidado sus orígenes, ni tampoco el maravilloso aroma de las flores que pudo disfrutar en el campo cuando era niño; esas mismas de las que no recuerda su nombre, pero que se parecen a los San Joaquines, con un olor que impregna cualquier superficie, y que a pesar de no ser dulce, se asemeja a la ternura, que quizás nadie sabe definirla.